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A ORILLAS DEL LAGO

Mary Lawson

Salamandra, Barcelona, 2002, 254 p.

Esta opera prima de Mary Lawson, escritora canadiense radicada en Inglaterra, se sale de lo común. La acción no es relevante ni el lenguaje abre nuevos caminos. Pero el lector se deja atrapar por los personajes de tal forma que no puede creer que sean de ficción. Su mundo interior, sus caracteres tan diferentes, su manera de enfocar el papel que les toca desempeñar en el núcleo familiar, da lugar a una serie de interrelaciones descritas con sutileza y gran maestría. Mary Lawson sabe penetrar en el interior de cada personaje, anticipar sus reacciones, presentar sus angustias y temores, sus dudas y contradicciones.

La historia se desarrolla en un pequeño pueblito del norte de Ontario, en Canadá, poblado por descendientes de los primeros pioneros que ocuparon esas tierras. El núcleo familiar de los protagonistas, compuesto por una pareja de mediana edad y cuatro hijos: Luke (19), Matt (17), Kate (7) y Bo (año y medio), queda roto cuando los padres pierden la vida en un accidente. Kate se aísla en su mundo interior y desde allá, como en una nube de incomprensión dolorosa, va describiendo lo que ocurre a su alrededor. Los parientes, especialmente la tía Annie, intentan ayudarles en medio de dificultades debidas a la distancia y la escasez de recursos, pero Luke resuelve sacar adelante la familia con o sin ayuda familiar. Cada uno de los cuatro hermanos es diferente: Luke, el mayor, empeñoso, obstinado y optimista contra todas las apariencias, decide dedicarse a las dos hermanas, especialmente a la pequeña, y hacer de padre y madre; para ello tiene que abandonar sus planes de estudiar magisterio. Matt, más inteligente y activo, duda entre seguir estudiando y trabajar para aportar lo necesario. Trata de poner realismo en la difícil situación y choca con el talante obstinado de su hermano. Kate mantiene con él una relación de admiración y amor, que constituye el nervio central del interés de la novela. Matt le enseña las maravillas de la vida animal ocultas en la laguna y esto despertará la vocación científica de Kate. Pero el tiempo pasa sin que ella logre superar el trauma del accidente y pretende mantener con Matt la misma relación posesiva que tuvo cuando era niña. Pasados los años, un diálogo entre Kate y la esposa de Matt, reforzado por la opinión de Daniel, el novio de Kate, que tiene lugar en la fiesta de cumpleaños del hijo de Matt, servirá para que ella abra los ojos y comience la aceptación de una nueva relación con su hermano, más madura.

Los diálogos fluyen con una facilidad asombrosa. A veces son cortados, secos, porque cada uno se refugia en su mundo interior. Los equívocos son frecuentes, como ocurre en la vida real, y creo que esta es una de las grandes virtudes de la novela: mostrar al lector la distancia que hay a veces entre lo que se dice y lo que se siente, entre los supuestos y la manera como en realidad uno actúa. Novela, pues, psicológica, de gran sensibilidad femenina, que favorece en el lector una actitud de asombro ante los complejos paisajes interiores de los protagonistas.                          Septiembre 2003

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