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RETRATO EN SEPIA

Isabel Allende

Plaza & Janés, Barcelona, 2000, 343 p.

Las mejores novelas de Isabel Allende son las que nos cuentan la historia de su familia, una historia rica y variada de emigrantes y aventureros, en las que las mujeres se van solas por esos mundos de Dios cuando se supone que lo que deben hacer es criar numerosos hijos sin salir de su casa. La saga familiar la conocemos desde “La casa de los espíritus”. La novela anterior de Allende, “Hija de la fortuna”, narra los avatares de la familia a mediados del siglo XIX, cuando la adolescente Eliza sale de Chile huyendo de las tenazas de una educación familiar rígida y en persecución de un amor que luego se mostrará hueco, pero que le servirá para iniciarse en una vida de aventuras y soledades, hasta que amarra el barco de su vida en los muelles de su gran amor, el sabio y bueno de Tao Chi’en. Eliza es la abuela de Aurora, la protagonista de “Retrato en sepia”, que cuenta su historia desde su nacimiento en el barrio chino de San Francisco, donde le ponen de nombre Lai-Ming, que quiere decir amanecer. Su infancia es feliz entre sus abuelos, el sabio Tao Chi’en y Eliza, hasta que un acontecimiento inesperado y doloroso trastorna su vida y la devuelve a Chile, a la casa de su otra abuela, Paulina, la gran matrona emprendedora y fuerte, que lleva las riendas de la familia del Valle sin temblarle el pulso. Allá se educará en un mundo diferente, pero libre, porque su abuela Paulina quiere una nieta feliz. Es iluminador el retrato de Matilde Pineda, la maestra que Paulina contrata para que eduque a la niña:

“Cada vez que hacía una pregunta, esa magnífica maestra en vez de contestar, me señalaba el camino para encontrar la respuesta. Me enseñó a ordenar el pensamiento, investigar, leer y escuchar, buscar alternativas, resolver viejos problemas con soluciones nuevas, discutir con lógica. Me enseñó, sobre todo, a no creer a ciegas, a dudar y preguntar incluso aquello  que parecía verdad irrefutable, como la superioridad del hombre sobre la mujer o de una raza o clase social sobre otra, ideas novedosas en un país patriarcal donde los indios jamás se mencionaban y bastaba descender un escalón en la jerarquía de las clases sociales para desaparecer de la memoria colectiva. Fue la primera mujer intelectual que se cruzó en mi vida”. (p. 174-5).

Allende tiene una capacidad especial para narrar escenas de horror, como las de la guerra peruano-chilena, con el desparpajo de un cuadro impresionista. Son escenas crueles, despojadas de toda pincelada que las dulcifique, y sus actores ingresan a escena tronchando y gritando, y salen envueltos en el heroísmo de haber formado parte de un cuadro homérico. A veces las escenas pintan la ferocidad brutal, el despojo de todo sentimiento humano, como en los traficantes sexuales de niñas chinas en el barrio de San Francisco. Pero también tiene descripciones inolvidables de sus tierras chilenas, que nos sumergen en un paisaje oscuro y magnífico de grandes bosques de alerce y de lluvias empecinadas. Véase este ejemplo:

“Cabalgaba cerro arriba y valle abajo hasta los tupidos bosques, un paraíso de alerce, laurel, canelo, mañío, arrayán y milenarias araucarias, maderas finas que los Domínguez explotaban en su aserradero. Me embriagaba la fragancia de la selva mojada, ese aroma sensual de tierra roja, savia y raíces; la paz de la espesura vigilada por aquellos callados gigantes verdes; el murmullo misterioso de la floresta: canto de aguas invisibles, danza del aire enredado en las ramas, rumor de raíces y de insectos, trinar de las suaves torcazas y gritos de los tiuques escandalosos. Los senderos terminaban en el aserradero y más allá debía abrirme paso en la espesura, confiando en el instinto de mi yegua, cuyas patas se hundían en un fango color petróleo, espeso y fragante como sangre vegetal.” (p. 265)

Los amores de los protagonistas recorren todas las posibilidades: desde la pasión cruda y prohibida hasta el matrimonio de conveniencia, pasando por el amor puro en su estado más sublime entre Eliza y Tao Chi’en. Aurora misma, la protagonista, se equivocó en su primer matrimonio, ella enamorada y él ajeno, y luego rehace su vida con otro hombre, con el que le liga la atracción intermitente y siempre en reconstrucción de una relación que resume la experiencia y el deseo.

Muchos toques artísticos e históricos, e incluso del mundo técnico de la fotografía, contribuyen a dar a esta novela un atractivo especial que la coloca entre las obras maestras de la actual literatura.

Marzo 2001

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