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EL AÑO DEL DILUVIO

Eduardo Mendoza

Barcelona, Seix Barral, 4ª  ed. 2004 (1ª en 1992), 187 p.

Eduardo Mendoza ha escrito una novela de temática poco corriente, de situaciones raras entrelazadas con habilidad. Una religiosa, que busca financiamiento para un ruinoso asilo de ancianos, conoce a un rico terrateniente que tiene fama y hechos de seductor. La relación que entre ambos se establece trastorna todas las convicciones de la monja. La novela se sitúa en “el año del diluvio”, a comienzos de los 50, año en que llovió torrencialmente por aquellos parajes del norte de Cataluña y en el que la Guardia Civil acabó con el último bandolero o maqui de la comarca. En esos extraños sucesos se ve envuelta sor Consuelo, la protagonista de la narración. Su vida religiosa no cambia en lo exterior, pero nunca se vuelve a restablecer la calma en su agitado corazón.

Por la novela desfilan temas difíciles, la lucha del amor contra los votos de la religiosa, la honradez personal de un bandolero frente a la condena social, las vacilaciones en la fe de una mujer que se supone no debe tener fisuras religiosas. En primer lugar, los asaltos del amor. Sor Consuelo – Constanza antes de hacerse monja – nunca ha sentido el amor antes de encontrarse con el hacendado Augusto Aixelà. Lucha contra ese sentimiento desconocido, pero es más fuerte que su sentir religioso, que sus votos, que sus hábitos, que el férreo control social de aquellos tiempos, especialmente por parte de las religiosas del convento en el que ella es superiora. Mendoza se atreve a explorar en el mundo interior de un personaje tan particular como puede serlo una religiosa española de entonces. La verdad es que lo hace bien, con respeto y verosimilitud. Sabe salvar las distancias de género, sensibilidad y época.

El otro personaje conflictivo es el bandolero, especie de Robin Hood de los pobres, desprendido, generoso, vengador de la injusticia. El novelista trasluce la gran simpatía que siente por esta figura. “Es usted un alma noble”, – le dice el bandolero a sor Consuelo, a quien ha hecho traer de noche y en secreto para que le cure una herida de bala –, “pero llama a una puerta equivocada. Augusto Aixelà, con perdón de la palabra, es un cabrón y un miserable: le tomará el pelo y no le dará ni un céntimo; todos los ricos son así; si no fueran así no serían ricos; yo he robado a muchos y los conozco bien: robando se aprende mucha psicología. Delante de una escopeta cargada la gente se sincera más que en el confesonario, hermana, créame”. Sobre este tema de aprender a conocer a los seres humanos a través del robo, la coima, el cohecho, la apropiación indebida saben bastante los gobernantes de muchos de nuestros países.

En tercer lugar, el autor se atreve a presentar un tema delicado y lo hace sin dramatizar el asunto: las vacilaciones en la fe de la religiosa, que sucumbe ante la pasión humana. Su fe es bastante formalista, débil, temerosa: “Ahora ha llegado al fin el momento de rendir cuentas al Altísimo y lo afronto con miedo; confío en Su Misericordia Infinita, pero tiemblo al pensar en el rigor de Su Justicia, a la que he pretendido en vano burlar todos estos años, confesando mil veces el pecado, pero nunca la culpa”. ¿Existen en el mundo religioso personajes con una fe semejante a la de sor Consuelo? Tocar este tema es meterse con audacia en un terreno minado. El autor lo presenta al final de la novela, dejando al lector que saque sus propias consecuencias.

En conjunto, una novela distinta, sugerente, sorprendente.

Septiembre 2005

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