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Barcelona, Planeta, 1998, 352 p.

 

El subtítulo que se agrega en la portada dice mucho: “La verdadera historia de Sissi, uno de los personajes más fascinantes del convulso siglo XIX”. ¿Será verdadera esta historia novelada o será inventada por Ángeles Caso? Se trata de un diario escrito por la autora en el que revela a una mujer “obligada a contraer matrimonio a los dieciséis años con el emperador Francisco José… Reina que admira las repúblicas, madre de trágico destino, mujer libre, perseguida por la maledicencia de un ámbito cortesano con el que nunca llega a entenderse, se refugia para sobrevivir en su propio mundo: recorre errante las tierras y los mares de Europa, se entrega a su pasión por los caballos, lee y escribe sin cansancio, y encuentra la paz en una íntima y emocionada relación con la naturaleza. En las páginas delicadas y llenas de matices de este Diario se desvelan los sentimientos de una mujer profunda y silenciosa, que ocultaba su hermoso rostro bajo los espesos velos y grandes abanicos, una mujer inconformista y rebelde, nacida en una época y un lugar que no le correspondían, y a la que el tiempo ha tratado despiadadamente, convirtiéndola en una melosa y vacía princesita cinematográfica, de nombre Sissi. Ésta es la verdadera historia de uno de los personajes más fascinantes del convulso siglo XIX.” (Contraportada)

Muy bien resumida la vida de esta mujer inconforme, que solamente encontró el amor en sus hijos, a los que adoró, dos de los cuales murieron antes que ella y de los cuales prefirió a Valeria, que era igual a ella. Fue fiel a su esposo el emperador, con el que sostuvo un amor cariñoso, a pesar de sentir atractivo hacia hombres interesantes de la época. En cambio su marido tuvo dos amantes con el consentimiento tácito de Sissi. Su mundo interior, rico en sentimientos y claro en las decisiones que quería tomar, fue entorpecido por la envidia de la corte, la maledicencia, el deseo de convertirla en una mujer sumisa y tonta; pero ella no se dejó. Después de ver que el emperador no le seguía sus consejos, prescindió de él y se dedicó a viajar. Amaba el mar y la montaña, los bosques y los caballos, los perros y los árboles; fue varias veces de caza a Inglaterra, a veces sin visitar a la reina Victoria. Mujer adelantada a su época en todo sentido, sufrió mucho por no atenerse al papel sumiso que se exigía de las mujeres. Sentía obsesión por no pasar de cincuenta kilos, tenía pesadillas y creía oír a los muertos: defectos que se pueden atribuir a su búsqueda de aceptación, no satisfecha nunca.

La retrata muy bien wikipedia: “Dotada de una gran belleza física, Isabel se caracterizó por ser una persona rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo. Adoraba la equitación, llegando a participar en muchos torneos. Sentía un gran aprecio por los animales; amaba a sus perros, costumbre heredada de su madre, hasta el punto de pasear con ellos por los salones de palacio. Le gustaban los papagayos y los animales exóticos en general. Incluso llegó a tener su propia pista circense en los jardines de su palacio en Corfú. Hablaba varios idiomas: el alemán, el inglés, el francés, el húngaro, propiciado por su interés e identificación con la causa húngara, y el griego, este último aprendido con ahínco para poder disfrutar de las obras clásicas en su idioma original. Cuidaba su figura de una forma maniática, llegando a hacerse instalar unas anillas en sus habitaciones para poder practicar deporte sin ser vista. Su alimentación dio también mucho que hablar, pues se alimentaba básicamente a base de pescado hervido, alguna fruta y jugo de carne exprimida. A partir de los 35 años no volvió a dejar que nadie la retratase o tomase una fotografía; para ello, adoptó la costumbre de llevar siempre un velo azul, una sombrilla y un gran abanico de cuero negro con el que cubría su cara cuando alguien se acercaba demasiado a ella. Entre otras excentricidades, al final de su vida también se hizo tatuar un ancla en el hombro (por el gran amor que sentía por el mar y las travesías y por sentirse sin patria propia, como los eternos marineros que vagan por el mundo) y se hacía atar al mástil de su barco durante las tormentas. Paseaba a diario durante ocho largas horas, llegando a extenuar a varias de sus damas de su séquito, entre ellas Ida Ferenczy o Marie Festetics. Además, adoraba viajar, no permaneciendo nunca en el mismo lugar más de dos semanas. Disfrutó de la literatura, en especial de las obras de William Shakespeare, de Friedrich Hegel y de su poeta predilecto, Heinrich Heine. Por último, detestaba el ridículo protocolo de la corte imperial de Viena, de la que procuró permanecer alejada durante el mayor tiempo posible y hacia la que desarrolló una auténtica fobia que le provocaba trastornos psicosomáticos, como cefaleas, náuseas y depresión nerviosa. La emperatriz se mantuvo alejada, siempre que pudo, de la vida pública. Fue una emperatriz ausente de su imperio, aunque no por ello menos pendiente de los asuntos de Estado. De hecho, fue la propia emperatriz una de las impulsoras de la coronación de Francisco José como rey de Hungría, hecho que se produjo finalmente en 1867.”

( https://es.wikipedia.org/wiki/Isabel_de_Baviera)

Ángeles Caso se atiene a estos datos con fidelidad, pero siempre recargando las tintas a favor de Sissi, a la que sin duda admira. Se basa en la biografía de Brigitte Hamnn, publicada en 1982. A veces da la impresión de que la escritora admira a Sissi porque es parecida a ella en gustos, carácter y manera de enfocar la vida. No sé si me equivoco en esta apreciación.

Diciembre 2015

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