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Buenos Aires, Guillermo Kraft Limitada, 25ª ed. 1959 (1ª en 1951), 915 p.

Henry Morton Robinson presenta en El Cardenal la vida de Stephen Fermoyle, hijo de una clásica familia católica de Boston de origen irlandés. Stephen se siente desde el principio llamado por Dios al sacerdocio. Sus superiores lo envían a Roma a estudiar teología en el Colegio Norteamericano. Después de la ordenación y a su regreso a Boston vive una vida de gran entrega y generosidad como coadjutor en una parroquia: es piadoso y cercano a la gente y también honesto con su párroco y luego con el arzobispo de la diócesis, el cardenal Lawrence Glennon. Éste lo hace su secretario y luego lo envía a Roma previendo que Stephen puede subir a puestos altos. A su regreso pasa dos años en Washington trabajando sobre todo con los marginados y luego lo hacen obispo de Hartfield, donde pasa unos cuantos años como buen administrador y obispo ejemplar. Viaja a Roma para la visita ad limina y recibe elogios del papa Pío XI, quien poco antes de su muerte lo nombra cardenal. Participa en el cónclave donde es elegido el camarlengo Eugenio Pacelli, Pío XII.

Ese es el recorrido externo de la vida de Stephen, pero también detalla el novelista el recorrido interior de la vida del futuro cardenal: su amor por la familia donde se crio y donde recibió tan buenos ejemplos de su padre, conductor de tranvías, y de su madre Celia; su amistad con el capitán de barco Gaetano Orselli, su enorme capacidad de análisis; la buena relación con sus hermanos George y Bernie y la terrible decisión que toma en el caso de su hermana Mona; su enamoramiento de Ghislana Falerni y cómo lo supera; sus excelentes relaciones con su obispo y con su antiguo profesor Alfeo Quarenghi, de quien traduce al inglés un hermoso libro sobre la mística; su terrible encuentro con las sectas fanáticas en la región de Dixie, su enfermedad de la pierna, que lo postra varios meses en cama y le sumerge en la humildad; su afecto por Pío XI y su cercanía a los humildes.

Todo el contexto social y político de los Estados Unidos entre las dos guerras queda bien detallado como telón de fondo, especialmente la gran crisis económica de 1929. La separación de Iglesia y Estado, los enfrentamientos contra la Iglesia de grupos racistas o de planificación familiar, el entendimiento o separación de las Iglesias cristianas con la católica, los pormenores de la liturgia… admira que un escritor laico como Morton Robinson esté tan bien informado y sepa incorporar esos datos como trasfondo de la trama.

Las curaciones en la tumba del padre Flynn, sacerdote muerto en el siglo XIX, ¿serán realmente un caso milagroso o un episodio de histeria colectiva? – se pregunta el obispo Stephen en su lecho de enfermo. Escuchando los desórdenes que suceden en el cementerio por parte de gente que quiere hacer de todo ello un negocio, lo manda clausurar y acaba así con los supuestos milagros.

Fermoyle es a la vez hombre realista, buen conocedor del alma humana, afectuoso sin excesos, pero también conocedor de sus debilidades y valiente para afrontarlas. Llama la atención cómo ha descrito el autor lo que a él le parece un modelo de sacerdote, con qué finura y realismo. Conoce también los ambientes refinados de la decadente aristocracia europea y su desprecio por todo lo que sea norteamericano. Pinta las ceremonias eclesiásticas como eran entonces, con las vestiduras distintivas, las túnicas de tejido lujoso, los tratamientos refinados, hasta culminar en el título de “príncipe de la Iglesia” para referirse a los cardenales, todo ello muy alejado de lo que hoy día pensamos y sentimos.

Una obra literaria, en fin, que tuvo un éxito resonante, de la que se han impreso cientos de miles de ejemplares en muchos idiomas.

Enero 2016

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