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PECADOS NOCTURNOS

Tami Hoag

Buenos Aires, Ediciones B Argentina, 1998, 605 p.

Otra novela típica de Tami Hoag, con sus personajes retorcidos, sus situaciones límite, llevadas hasta el extremo de la tensión para el lector. Un niño es raptado en la pequeña población de Deer Lake, cerca de Saint Paul. Es un niño de ocho años normal, inocente, vital. Es hijo de una doctora muy querida en el pueblo por su competencia y su dedicación. La consternación es grande, el despliegue policial, impresionante. Pero también el despliegue de los medios, contra los que Tami Hoag tiene por lo visto un contencioso, porque aparecen – lo mismo que en la otra novela, “El incinerador”, – como una turba de chacales, ávidos de la noticia, interfiriendo en la labor policial, sin importarles la intimidad de nadie. No ahorra epítetos: “Las comadrejas de los medios cavarían, perseguirían, sobornarían y engañarían hasta conseguir lo que necesitaban para sus titulares sin importarles las consecuencias”.

La sospecha de quién es el secuestrador va cambiando de sujeto: recae primero sobre el cuidador de un patinódromo, luego sobre un diácono demente, después sobre un experto en ordenadores… Mitch Holt es el jefe policial al cargo de la investigación y de la captura del secuestrador. Le ayuda Megan O’Malley, la primera mujer en el Departamento Policial, quien sufre el acoso o el desprecio de todos los machistas del Departamento. La acción transcurre en un clima gélido, con muchos grados bajo cero en ese Estado norteño, que dificulta los movimientos de los policías y de los muchos voluntarios que se han sumado a la búsqueda.

Mitch y Megan sienten una atracción mutua superior a sus fuerzas y a su resolución de no mezclar su trabajo con su vida privada. Megan es muy dura, no está dispuesta a poner en juego su carrera de policía, lo que más ama en la vida, ni siquiera por Holt. Esto añade gran tensión a la investigación, trastorna sus planes, interfiere en su trabajo. Es el mismo esquema de la otra novela, El Incinerador.

Muchos de los personajes que van apareciendo son enfermos mentales, psicópatas, gente desquiciada como el diácono, obsesionado hasta extremos increíbles por el pecado; o como el ególatra de Paul, esposo de la doctora Hanna Garrison y padre de la criatura desaparecida. Tampoco la reportera Paige Price se salva de una actuación repelente, que provoca en el lector ganas de retorcerle el pescuezo. En esto es maestra la novelista: en recargar las tintas sobre los personajes siniestros que desfilan por sus novelas.

Por supuesto, el culpable es inesperado. Tami Hoag trata siempre de despistar al lector, de llevarlo por caminos que no conducen a ninguna parte, como les ocurre a los policías investigadores. Pero al final todo se descubre: el psicópata secuestrador es metido entre rejas y el niño vuelve a los brazos de su madre. Todo termina bien, después de haber extremado las situaciones límite en las que parece imposible que los “buenos” eludan la muerte, o en las que parece que el secuestrador se saldrá con la suya. Es el estilo de la novelista: lo tomas o lo dejas.

Diciembre 2003

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