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LA REGENTA

Leopoldo Alas “Clarín”

Barcelona, Random House Mondadori, 2005, 1.018 p. (1ª ed. 1885)

Edición de Gregorio Torres Nebrera

La regenta está entre las novelas más famosas del siglo XIX español y ha dado origen a una película (1974) y a una serie televisiva posterior. Se desarrolla en Oviedo, que recibe el nombre de Vetusta en la novela, con clara intención crítica hacia el anquilosamiento de esa sociedad provinciana tanto en su estamento civil como eclesiástico. La regenta, Ana Ozores, es la esposa joven de un ex regente, Quintanar de apellido y aragonés de origen, máxima autoridad judicial de la región. Se han casado por conveniencia, pero ella es veinticinco años más joven y una belleza de mujer, que encandila a cuantos la contemplan. Su marido no le hace caso, embebido en la pasión de la caza, y la trata como una hija. De ella se enamora un hombre maduro, guapo, simpático y buen conversador, Álvaro Mesía de nombre y dueño del casino, un verdadero donjuán, pero ella le rechaza, impulsada por su conciencia religiosa y por la guía espiritual de un canónigo, el Magistral, de nombre Fermín De Pas, que termina por sucumbir también a los encantos de la regenta, aunque solo en su mente desquiciada y anhelante. La regenta pasa por etapas de misticismo religioso enfermizo y por otras de exuberancia vital, de anhelo de diversión y buena vida, que la llevan a sucumbir a las pacientes insinuaciones de Álvaro. Se descubren al fin los amores de la regenta y el galán, por lo que el marido reta en duelo al galán y muere en la contienda.

Gregorio Torres Nebrera presenta así su resumen: “Los quince capítulos iniciales de la novela plantean la situación inicial en medio del contexto vetustense: ilustre dama de la alta sociedad que acuerda hora de confesión general con su nuevo confesor, uno de los más distinguidos canónigos del cabildo catedralicio, mientras el jefe político de los liberales de Vetusta manifiesta, entre amigotes y correligionarios, su intención de seducir a la prestigiosa dama, para añadirla a su larga lista de conquistas; un día, en el marco de una fiesta familiar, Ana se ve situada ante los dos hombres  que, en la segunda parte del libro, van a marcar su destino, el confesor y el donjuán. Intercalados con estos sucesos se va ofreciendo los episodios que nos informan de un tiempo anterior, y necesarios para entender conductas y caracteres: la niñez de Ana, cómo transcurrió su adolescencia, las circunstancias de su boda – desigual – con el regente Quintanar (capítulos III, IV y V); la infancia humilde en un perdido valle, junto a una explotación minera, de Fermo y su madre y el inicio de una carrera eclesiástica que se presenta enormemente prometedora (capítulos XI, XII y XV); y también secuencias enteras para presentar el marco urbano de la trama. Vetusta a vista de pájaro, en el capítulo inicial y los espacios principales en todos los órdenes, como son el de la catedral y su cabildo, (capítulos I y II), la clase aristocrática que rodea a los principales personajes (capítulo V), el casino y sus socios (capítulos VI y VII), la casa de los Vegallana (capítulos VIII y XIII), los paseos más concurridos (capítulo IX) y hasta la zona de retiro y asueto en las afueras de Vetusta, la llamada “Colonia” (capítulo XII).

La segunda mitad de la novela se centra en el seguimiento de Ana entre el deber y el deseo. A los tres sucesivos y concretos días otoñales del tramo anterior le suceden ahora períodos específicos, entre los que se abren amplios períodos patéticos. Así, en los primeros de noviembre se centra el capítulo XVI; el invierno inmediatamente siguiente abarca los capítulos XVII al XIX, para saltar al mes de agosto en los dos siguientes. Se cumple el primero de los tres años (que abarcan estos quince capítulos) al enmarcarse los capítulos XXII y XXIII en las Navidades, tras los que se produce una nueva elipsis  que nos llevará al lunes de carnaval (segundo año) del capítulo XXIV, fecha a la que le sigue un prolongado período – Cuaresma y Semana Santa – en los capítulos XXV y XXVI. Un nuevo salto de semanas para situarnos en el siguiente verano – los finales de junio (día de San Pedro) y los postreros de septiembre – cuando leemos los capítulos XXVII y XXVIII y se cumplirá ese segundo año en las Navidades que ambientan el capítulo penúltimo. Una larga elipsis de casi doce meses media entre los capítulos XXIX y XXX, cuando – a punto de cumplirse el tercer año – otro día de octubre nos ofrece la terrible decepción de Ana y la indisimulada furia del confesor en las tinieblas de la catedral, al pie del mismo confesonario en donde treinta y seis meses antes cura y penitente habían establecido su primer contacto ante la mirada recelosa y vigilante de toda Vetusta. Alarcos divide esta segunda tanda de quince capítulos en dos bloques, uno extenso (XV-XXVI) y otro más reducido pero decisivo de cuatro (XXVII-XXX). Esos cuatro capítulos últimos se subdividirían a su vez en dos mitades: la situada en los días de junio cuando el magistral pierde su frialdad y su ascendencia en la escena de la lluvia, y es don Álvaro quien cobra ventaja, convirtiéndose en el amante de la ambicionada dama en una noche del veranillo de San Martín, sería la primera (XXVII-XXVIII). La otra parte corresponde a los capítulos XXIX y XXX, cuando el Magistral conoce la entrega y la “traición” de Ana, la victoria de Álvaro y le arrastra el deseo de venganza que desencadena la muerte de Quintanar y la desaparición del seductor.”

Muchos personajes secundarios desfilan por las páginas de La regenta: el obispo de la diócesis, hombre bueno y débil, que teme al Magistral: Paula, la madre del canónigo, que lo domina desde niño; los marqueses de Vegallana, centro de la vida social de Vetusta; Obdulia, Visitación, Petronila y otras damas ligeras de cascos. El conocimiento que muestra Clarín de la literatura clásica y de los latines eclesiásticos en muchas citas y alusiones es muy notable.

El naturalismo propio de la época se muestra nítido en La Regenta. Descripciones largas, soliloquios frecuentes que sirven para mostrar el complejo mundo de los personajes. Se lee a gusto a pesar de todo, aunque hay que tener tiempo y ganas para hacerlo.

Diciembre 2012

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