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Barcelona, Editorial Anagrama, 2013, 437 p.

 

¿En la orilla de qué? De todo: de la laguna, ahora pantanal, en las afueras de Olba, pequeño pueblo valenciano; en la orilla del tiempo, ahora que el padre está demenciado y tiene que cuidarlo, y con el que nunca se entendió; en la orilla de la sociedad, ahora que la crisis ha hecho quebrar la carpintería y muchos negocios se han venido abajo y hay que despedir a medio mundo; en la orilla de la vida, ahora que no se cree en nada ni en nadie y se espera un final amargo. Novela realista, dura, irónica y agnóstica del ser humano e incrédula de Dios y de cualquier valor religioso. Sin embargo, muy humana, con muchos rasgos de ternura escondida, sobre todo en el recuerdo de una vida que fue bonita de niño, pero que ya se esfumó. La visión del hombre es dura, ninguno es generoso y bueno, todos buscan su provecho aunque sea a costa de los demás. “Sí, Francisco, ya lo sé, el gran mundo es eso, ya lo sé, la buena vida está reñida con la ley, con la justicia, y es rigurosamente incompatible con la caridad” (p. 207).

Los hombres, a pasarlo bien en las tabernas, gastando lo que tienen y lo que no, dejando con hambre a los críos y a la mujer. Los que tienen mucho, exhibiéndolo y mirando por encima del hombro al que no tiene tanto. Las mujeres, muchas de ellas prostitutas de oficio o de ocasión, a ganarse la vida como puedan, y cuando no lo pueden, a mendigar salud, dinero y amor, como dice la antigua canción. Una visión dura del ser humano y de la historia, como lo expresa el protagonista hablando al demente padre anciano, que fue republicano:

“A pesar de que nunca me han interesado tus obsesiones políticas, reconozco que unos cuantos centilitros de ese veneno los he heredado yo: esperar del ser humano sólo lo peor, el hombre, una fábrica de estiércol en diferentes fases de elaboración, un malcosido saco de porquería, decías cuando estabas de malhumor (en realidad, decías un saco de mierda). Pero no le he otorgado a ese pesimismo mío una dimensión social. Lo he mantenido en la intimidad (…) Uno es sustituible entre miles de millones de seres sustituibles. Ahí, nuestro desencuentro. Tú has tenido la capacidad o el don de leer tu biografía como pieza del retablo del mundo, convencido de que guardas en los avatares de tu vida parte de la tragedia de la historia, la actual, la de las habladurías y miserias de Olba, y la vieja historia de las infidelidades y traiciones de la guerra, y también la que se representa a miles de kilómetros de aquí, y a varios siglos de distancia: te conmueven las guerras que se desarrollan en las montañas de Afganistán, en Bagdad, en alguna población de Colombia: tu sufrimiento es un sufrimiento que está en todas partes, en el núcleo de cada desgracia (…). (160)

Hay varias figuras en esta novela que cuentan sus miserias y sus amores, que siempre acaban mal: la colombiana Liliana, que cuida por un tiempo al protagonista y a su padre demenciado; el antiguo compañero Pedrós, que se hizo rico y ahora mira a todos por encima del hombro; los compañeros de tragos y habladurías, a cual más ruin; Leonor, de la que estuvo enamorado de joven y que se fue con Francisco, el compañero rico del salón, hasta que murió muy joven. No hay horizonte de esperanza para esta galería de mediocres, no hay trascendencia. El anticlericalismo y la antirreligiosidad burlona del autor se muestran en páginas de un estilo volteriano amargo. Dos muestras:

“Habría que indagar en su pasado de joven católico con vocación social, la JEC, la JOC, la HOAC y esas cosas. Llegó a tener sus dudas sobre si debía o no meterse en el seminario, le pesaba el ansia de justicia, aspiraba a la felicidad universal e igualitaria, y quién no por entonces, ser cura obrero en la España de Franco, la teología de la liberación, ser cura guerrillero, como lo sería Camilo Torres en algún sitio de Latinoamérica, pero tenía la polla hecha de un material fácil de inflamar, una rémora psicofisiológica que muchos curas consiguen convertir en preciosa herramienta pastoral gracias a la impagable colaboración de esa auténtica red de contactos eróticos que ha sido el confesionario, aunque yo creo que lo que a él le cerró el camino fue comprobar que el poder dentro de la Iglesia se le ofrecía como un fruto exigente, cultivo de códigos y retóricas demasiado retorcidos, arduos reglamentos, y a la vez movimientos extremadamente sutiles, insinuaciones, medias palabras, ligeros arqueamientos de cejas, imperceptibles presiones de los labios. Él tendía a acciones más directas que las habituales en el clero, un complicado laberinto dibujado con reglas barrocas, la herencia de Trento, exigencia de lentitud en los avances; falsos ejercicios de sometimiento a la jerarquía, sigilosas intrigas e irracionales entregas u obediencias, demasiados susurros y pocos gritos… (pp. 208-9).

“¿Eso de la sangre del cordero no es judío?, ¿o cristiano? En cualquier caso, algo cercano a nuestra tradición. En Misent veneran la Preciosa Sangre de Cristo, es su fiesta mayor, la llaman así, la fiesta de la Preciosa Sangre y, confirmando la rabiosa actualidad de la devoción hemófila entre los católicos, leí el otro día en la prensa que a Juan Pablo II tuvieron buen cuidado de extraerle un frasquito de sangre antes de morir, por si hay que hacerlo santo, que es evidente que sí. Cómo no hacer santo al que ha resultado vencedor en el choque entre dos ejércitos compuestos por cientos de millones de soldados, la armada cristiana contra el ateísmo y el terror rojos; si una victoria así no te merece un puesto en el santoral, ya me dirás qué es lo que tienes que hacer para que te veneren.” (pp. 271-2).

Chirbes muestra un conocimiento pormenorizado de las artes culinarias, de los vinos, de la carpintería y sus herramientas. A pesar de su anticlericalismo, maneja los términos religiosos con mucha soltura. Y sabe crear una atmósfera de recogimiento interior en sus personajes, que invita a la confesión y al recuerdo emocionado. Su estilo es atractivo al máximo: flexiones y revueltas del pensamiento que enlaza sin querer con hechos del pasado y de repente se proyecta a un futuro imaginario, del que regresa a un presente repelente. Las frases se suceden sin respiro, los puntos están ausentes, los paréntesis abundan como en los vericuetos del pensamiento. Gran novela, que revela a un peso pesado de la cultura española actual, tan de vuelta de muchos de los valores que se vivían hace cincuenta años…

Abril 2014

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