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LOS CAMINOS PERDIDOS DE ÁFRICA

Javier Reverte

Barcelona, Random House Mondadori, 2002, 495 p.

África ha sido siempre un continente preterido. Son miles de africanos de raza negra los que cruzan el Mediterráneo actualmente buscando mejores condiciones de vida en Europa, y muchos de ellos perecen por las malas condiciones de las embarcaciones. Van huyendo del hambre, de la falta de trabajo, de la violencia. África negra ha sido el continente de donde Europa y América sacaron esclavos por millones durante siglos. Y sin necesidad de enviar esclavos fuera del continente, fue explotado en sus riquezas por la colonización de los países europeos. Leopoldo II de Bélgica disponía del Congo como su dominio absoluto. Javier Reverte sintió una enorme simpatía por África, como lo demuestra esta novela y viajó por toda ella. Un buen resumen de su talante viajero nos lo proporciona Wikipedia:

“Javier Reverte (1944-2020) pisó los cinco continentes, navegó el Índico, el Pacífico y cruzó el Atlántico entre Europa y América en dos ocasiones; costeó el Ártico de Este a Oeste por el mítico Paso del Noroeste, y embarcó en un buque de investigación que le llevó hasta las Svalbard. Atravesó el canal de Panamá en un carguero y puso el pie en la isla del Cabo de Hornos. Descendió el Amazonas desde su nacimiento hasta su desembocadura, recorrió en barco el curso del Alto Nilo, y viajó a bordo de un trasbordador en el río Congo, en la misma ruta que realizó Joseph Conrad a finales del siglo XIX. Conoció las fuentes de los dos Nilos, siguió los caminos literarios de escritores como Homero -en la Grecia clásica- o de Jack London -remando 750 kilómetros en el río Yukón- o de Mark Twain -en el Mississippi- y se internó en las inmensas llanuras africanas en busca de sus sueños infantiles. Surcó las aguas de los lagos Victoria, Tanganyka y Tana, y se acercó en una larga marcha de varios días, a pie, desde Mararal hasta las orillas del lago Turkana. En decenas de trenes y autobuses transitó por los parajes de medio mundo. Ha vivido en Londres, en París, en Lisboa, en Nueva York, en Roma y en Westport (Irlanda).

Y de todo ello dio fe en magníficos libros como la Trilogía de África, En Mares Salvajes, Corazón de Ulises, El Río de la Luz, Canta Irlanda o Un Verano Chino, que le convirtieron en el autor de referencia de la literatura viajera en español. Fue autor, además, de celebradas novelas como El Médico de Ifni, La Noche Detenida, Todos los Sueños del Mundo y El Tiempo de los Héroes. Publicó también dos poemarios: Trazas de Polizón y Poemas africanos.” (Wikipedia)

Etiopía le atrae mucho, sobre todo su capital Addis-Abeba-Este país tiene una historia muy original, como la de la reina de Saba, que visitó a Salomón, se enamoró y tuvo un hijo con él. El Arca de la Alianza judía supuestamente reposa en Axum, cosa que nadie ha comprobado, pero que forma parte del orgullo nacional. Al dictador Haile Selassie, que gobernó más de 40 años, le van construyendo un mausoleo gigantesco, frente a frente de un barrio de chabolas miserables. Típico contraste de Etiopía, uno de los países más pobres del mundo. Pero Etiopía, conocido también como Abisinia, posee un sentido especial de sentirse el pueblo elegido por Dios. Nunca ha sido conquistado sino por breve tiempo, por los musulmanes en el siglo XVI y por los ingleses en el XIX. En 1935 el fascista Mussolini invade Etiopía en un afán expansionista sin precedentes. En la guerra contra las tropas etíopes, mal armadas, utiliza armas químicas, prohibidas por la Sociedad de Naciones. Por año y medio ocupó Etiopía la Italia fascista. Y cuando Haile Selassie recuperó el poder se convirtió en un dictador más de los muchos que han azotado al género humano.

Javier Reverte ama África. Describe así su aroma: “El aire se cargaba del inconfundible olor de África: ese perfume que nunca olvidas cuando lo has percibido una vez, ese aroma a piel humana y a basura, a yerba seca, a especias, a café recién hervido y a flores de madrugada, a cuadra y a ceniza, a vida sensual y a muerte que no cesa” (p. 115)

De Etiopía quiere pasar a Sudán, viaje que se convierte en una especie de pesadilla. Sigue el viaje por Bahr Dar, ciudad etíope, situada a las orillas del lago Tana, que es donde nace el Nilo Azul. En todas partes le acosan jovencitos que se ofrecen como guías y que hablan inglés más o menos. Todos quieren estudiar para salir de la miseria y le ofrecen chicas hermosas para las noches. Él siempre se excusa diciendo que tiene diarrea.

Reverte no puede entrar en Sudán: la frontera está en guerra y no le dan permiso. Mejor para él, porque el caos domina en toda la región. Sin embargo, se adapta: “Yo mismo formaba parte de ese universo desprovisto de belleza. Pero me sentí orgulloso de saber que era capaz de vivir de esa manera, como mis compañeros de viaje, malcomiendo, sin poder lavarme, durmiendo en cuartos que eran como cuadras. Es difícil hacer creer a nadie que una vida así puede llegar a gustarte. Pero juro que me gustaba.” (p. 193)

Una síntesis muy lograda de lo que piensa y siente de África: “Porque ves el África real: la sufriente, la mísera, la desolada y cubierta por el polvo, el África desahuciada de los caminos intransitables, de la resignación, de la burocracia, de la policía tonta y los ladrones listos. Y ves también la otra cara: la de los hombres generosos que te ayudan sin pedir nada a cambio, el África que canta en la noche después de haber llorado durante el día, la de la hospitalidad, la de la bravura para sobrevivir y una inexplicable fe de los seres humanos en la vida.” (p. 198)

Por donde quiera que pasa se le juntan niños que se asombran de su color blanco y siempre le hacen las mismas preguntas en inglés. Algún adolescente lo habla bien y le pide ayuda para estudiar en la universidad. Reverte le da su dirección en España.

Después de viajes en autobuses llenos de pasajeros y de estancias nocturnas en pensiones llenas de cucarachas, ratones y piojos, llega hasta cerca de la

frontera con Sudán y no le dejan pasar. Tiene que deshacer todo el recorrido y viajar en avión desde Addis hasta Jartum, la capital sudanesa.

El problema no es entrar, sino moverse por el país, pues exigen permiso escrito (y cobrado) para todo y está prohibido fotografiar prácticamente todo, a fin de que el país no quede difamado. Javier Reverte estudia la historia de Sudán y destaca a un personaje, Mohamed Ahmed, alias el Mahdi, que se consideraba un sucesor semidivino de Mahoma y dio mucho quehacer a fines del siglo XIX a las tropas egipcias bajo dominio inglés.

En el recorrido por Sudán hace amistad con Ramón, un español amigo también de aventuras y viajan juntos a varios lugares. En Nubia le obsequian abundantemente; tienen un concepto muy malo del resto de Sudán. El desierto es imponente y no se explica cómo pueden atravesarlo vehículos de motor destartalados, además por supuesto del transporte usual, los camellos. En uno de los puebluchos se queda el autor asombrado al ver la pasión que despierta un programa de televisión sobre una corrida de toros. Luego le dicen que la afición es enorme y general en toda Nubia.

En Wadi Halfa (“una población clavada como una tachuela en mitad del desierto inclemente”) aprendió nuevas cosas sobre sí mismo y los demás. La inmensidad del desierto es un pálido aviso de la eternidad, que le produce angustia. La mejor receta contra la angustia de la eternidad es un baño de desierto. Pasa una semana feliz en Wadi Halfa en compañía de Dirk y Kiki, la joven pareja alemana que conoció en Etiopía, y de Midhat, el dueño del hotel, pero no le cobra, porque los nubios no hacen nunca nada por dinero.

Llega por fin a Egipto en tren desde Asuán. El Cairo es una ciudad única. La han llamado la Madre del Mundo, porque en sus 5.000 años de existencia ha dado origen o ha sido cautivada por todas las culturas. Pero el poeta turco Fazul Bey escribía ya en el siglo XVI: “¿Madre del Mundo? Sólo es una puta que se ha entregado a todo el mundo un siglo detrás de otro”. (p. 449) Tiene 20 millones de habitantes aglomerados a razón de varios miles por kilómetro cuadrado. “El Cairo es la capital de la espiritualidad árabe, del rigor del pensamiento islámico, la guardiana de la fe. Pero es, al mismo tiempo, la descarada anfitriona de todos los pecados. Cuando un musulmán decide pecar o cometer todos los excesos sobre los que el Corán se muestra ambiguo, viaja a El Cairo”. (p. 456)

“En El Cairo, cien ciudades parecen ir sobreponiéndose las unas a las otras, como si no fuese una única urbe, sino muchas amontonadas a lo largo de los siglos. Sientes que caminas descorriendo cortinajes de mundos pretéritos que palpitan escondidos bajo la piel del presente”. (p. 466)

En una conversación con un británico nacido en Zimbabue y que vive en El Cairo, Javier Reverte encuentra una explicación atinada de su amor por África:

“Claro, a todo el mundo le gusta cuando está de paso. Porque a África vienen ustedes en busca de aventura y luego es la aventura la que le busca a usted. África es lo que nunca esperas que suceda. Y eso está bien para los turistas. Pero imagine una vida entera, como la mía, en la que todos los días sucede lo que no esperas…, cansa mucho”. (p. 470)

Yo no conoceré África, pero Javier Reverte me ahorra ese viaje con su capacidad de presentar lo bueno – que es mucho – y lo malo – que es mucho

también – de ese variadísimo continente. Uno se asombra de las grandes diferencias entre lenguajes, costumbres y culturas que hay en el mundo entero. Y también entre religiones o formas de entender la trascendencia. En la cultura occidental se ha extendido mucho el agnosticismo, que es una manera de encogerse de hombros ante las maravillas de la creación y pensar que superan toda explicación. Pero precisamente porque nos superan totalmente, lo más lógico es reconocer un talento infinito que las ha creado y nos las regala para que las disfrutemos y le demos gracias. Ojalá que Reverte, que falleció en 2020, se haya encontrado con ese Dios tan generoso con él que le permitió disfrutar de sus maravillas en los numerosos viajes que realizó por el mundo y que dejó plasmados en sus grandes libros de viajes.

Enero 2024

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